Muere Chuck Norris.
Hoy no se fue un hombre…
hoy el mundo perdió una leyenda.
Hoy nos dejó Chuck Norris,
alguien a quien el Diablo le pedía permiso para encender el infierno,
alguien que no subía montañas…
las montañas se movían hacia él.
Se fue el hombre que no hacía flexiones,
empujaba la Tierra hacia abajo,
el único capaz de mirar al miedo a los ojos…
y hacer que el miedo retroceda.
Hoy se apaga una presencia que no necesitaba palabras,
porque su sola mirada bastaba para que el caos entendiera su lugar.
Donde otros veían peligro, él veía rutina.
Donde otros dudaban, él ya había terminado la pelea.
Ya no veremos más esas patadas giratorias imposibles,
ni ese golpe seco que resolvía batallas antes de empezar.
No volveremos a verlo entrar en una habitación
y hacer que el silencio se convierta en respeto… o en despedida.
Se va el Ranger que impartía justicia sin gritar,
el guerrero que enfrentaba ejércitos sin pestañear,
el hombre que caminaba entre explosiones
como si el tiempo mismo esperara su permiso para avanzar.
Se apagan escenas que quedaron marcadas para siempre:
el combate contra decenas de enemigos sin retroceder un paso,
la mirada firme antes del golpe final,
el instante exacto en que todos sabían… que ya era demasiado tarde.
Pero hay algo que ni el tiempo, ni la historia, ni siquiera la muerte pueden tocar:
Porque Chuck Norris no desaparece…
se convierte en leyenda.
Y las leyendas no se entierran,
no se olvidan,
no se apagan…
se repiten una y otra vez,
cada vez que alguien necesita recordar
cómo se ve la verdadera fuerza.
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